Retomar las viejas costumbres…

Ha pasado tiempo desde que publiqué el último post de este blog… Tiempo en el que nuevos proyectos, ideas e ilusiones han ocupado la mayor parte de mis días. Pero hoy decido volver. En breve compartiré de nuevo mis conocimientos, ideas e inquietudes. Nunca es tarde para retomar las viejas costumbres…

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Más allá del cuento…

Aún no se ha producido el milagro. Seguimos sin poder alcanzar la eterna juventud. Pensamos que si usamos algunos cosméticos o llevamos a cabo buenos hábitos podemos ralentizar el momento, pero nadie, hasta la fecha, se ha librado de envejecer. Envejecemos no sólo en el aspecto físico, sino que el paso del tiempo también afecta a nuestra madurez, a nuestra forma de comportarnos, a nuestras metas y objetivos. Y es que, conforme avanzamos en el camino de la vida, se nos van abriendo y cerrando puertas. A la inmensa mayoría nos cuesta dejar atrás ciertas etapas, ir abandonando ese espíritu joven, atrevido, que en más de una ocasión ha pensando que podía comerse el mundo. Pero, por muy triste que nos parezca, no podemos hacer nada para remediarlo, es un “mal” del que nadie escapa.

EL COMPLEJO DE PETER PAN

“…Pero Peter no quería hacer nada de lo que obligan a hacer los mayores, ni crecer,y se negó a volver y ser adoptado.

Quién no ha oído hablar alguna vez de Peter Pan, ese niño que puede volar y que nunca crece… Todos sabemos que su historia es un mero cuento, sin embargo, este personaje ha sido capaz de viajar desde el País de Nunca Jamás, hasta nuestro mundo, y ha contagiado con su espíritu a muchas personas, superando así la propia ficción.

El psicólogo norteamericano Dan Kiley definió este complejo como el conjunto de rasgos que presenta un hombre que no sabe o no puede renunciar a ser hijo para pasar a ser padre, es decir, lo padecen hombres que no quieren dejar de ser niños, por lo que se sienten y viven como tales, al igual que le pasa a nuestro protagonista.

Las personas que padecen este síndrome se caracterizan por ser inmaduras en todo tipo de aspectos, a la vez que suelen presentar rasgos narcisistas, acompañados de un carácter dependiente e irresponsable. Suelen ser hombres (aunque también puede darse en mujeres, pero es menos frecuente), mayores de 30 años, joviales, simpáticos, deportistas, considerados “el alma a la fiesta”, exitosos, muy seductores y sobretodo inmaduros, incapaces de asumir cualquier responsabilidad adulta.

Sin embargo, a pesar de esta primera impresión, detrás de esta fachada de felicidad y entusiasmo, suelen esconderse individuos que temen la soledad, que son miedosos e inseguros, que necesitan grandes dosis de afecto y a una mujer al lado que pueda ofrecérselo. Pero, a pesar de esta necesidad de compañía, son personas que se asustan si les hablas de compromiso, siendo incapaces, a su vez, de cuidar y proteger una relación sentimental. Para ellos, la palabra compromiso se traduce en responsabilidad, algo de lo que huyen constantemente. Por ello, cambian continuamente de pareja, normalmente, buscando mujeres mucho más jóvenes que ellos para poder seguir contagiándose de incesante inmadurez.

Y ahora… ¿Cómo puedes saber si eres un Peter Pan?

  • Tienes que tener al lado siempre a alguien que satisfaga tu cuidado y te mime.
  • Crees que todo tu medio debe estar a merced de lo que pidas, para hacer realidad todos tus deseos y, evidentemente, de forma urgente.
  • No puedes ni quieres comprometerte con nada ni con nadie. Eres un alma libre.
  • Prefieres rodearte de personas más jóvenes que tú, ya que te identificas más con su forma de pensar.
  • Nunca aceptas una crítica ni un error, si algo sale mal, la culpa, por supuesto, es de otros.

PERO, ¿QUÉ PASA CON WENDY?

“… Y es que, aunque Peter Pan no quería saber nada de madres ni de adultos, los Niños Perdidos pensaban a menudo en sus madres y estaban encantados de tener una. Wendy aceptó de buen grado su papel de madre, cuidando a los niños, dando medicinas, poniendo tareas, fijando normas, cosiendo, cocinando y contando cuentos….”

Pues Wendy, al igual que su compañero de aventuras, tampoco se ha escapado de dar nombre a un síndrome que aparece principalmente entre mujeres (aunque también puede darse en hombres).

El complejo de Wendy caracteriza a mujeres que muestran una preocupación excesiva por hacer que los demás se sientan bien, por darles cuidado, protección y hacer que sean felices. Necesitan sentirse imprescindibles, evitan por todos los medios enfadar a otras personas, a la vez que se culpan y piden perdón por todo lo que hacen. Estas mujeres, dentro de una relación, actúan más como madres que como pareja, por lo que si se juntan con un Peter, fomentarán su inmadurez, dado que se apropiarán y cumplirán con muchas de sus responsabilidades.

La actuación de sobreprotección y autosacrifio, se ve justificada por el temor al rechazo, al abandono y a la inseguridad continua que experimentan. Buscan la aceptación constante de los demás e intentan ganarse el respeto y la admiración con este tipo de conductas.

Y ahora… ¿Cómo sabes si eres una Wendy?

  • Te gusta sentirte imprescindible.
  • Evitas que el otro se enfade.
  • Siempre pides perdón, aún sabiendo que no has hecho nada malo.
  • Te sacrificas constantemente por los demás.
  • Sientes necesidad de cuidar a alguien.
  • Intentas hacer feliz a los demás continuamente.
  • Te sientes la madre de tu pareja.
  • Asumes responsabilidades y actividades de otra persona.
  • Tienes miedo a que alguien te rechace o te abandone.

DOSIS DE REALIDAD…

Aunque la historia nos haga creer que Peter Pan y Wendy fueron felices y comieron perdices, lamento deciros que, en esta realidad, ni Peter ni Wendy pueden llegar a ser felices jamás sino afrontan sus miedos y superan sus problemas. Ni siquiera Campanilla, en este mundo, sería plenamente feliz, pero eso, otro día os lo cuento.

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Los pilares del amor

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Cuántas veces hemos oído y pronunciado la palabra amor… Cuántas veces hemos hablado de ello como si supiésemos con certeza de qué se trata… Pero… ¿Qué es el amor?, ¿hay una definición universal con la que todos nos sintamos identificados?, o ¿simplemente cada uno habla de él en base a sus experiencias vividas?

Pero, aunque no lleguemos a un consenso a la hora de explicar que entendemos por amor, si estaremos de acuerdo en que al experimentarlo, nos invaden fenómenos emocionales intensos que nos hacen pasar por distintos estados, algunos de ellos, contrapuestos. Si estamos enamorados podemos sentir desde una felicidad y alegría absoluta hasta un intenso dolor por no poder alcanzarlo, no ser correspondido o por haber vivido una ruptura; el amor puede llevarnos desde la exaltación máxima por la vida, hasta la pérdida del sentido de la misma. Y es que… ¡qué complejo es el amor!

 El psicólogo estadounidense Robert Sternberg, en su afán por entender y simplificar las distintas formas de relación que pueden darse en una pareja ha ideado una teoría triangular en la que el amor se descompone en tres elementos fundamentales. Cada uno de los vértices del triángulo representa un componente:

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– Intimidad: ocurre cuando se promueve la conexión, la cercanía y el  vínculo afectivo dentro de la pareja. Se manifiesta en la existencia de una confianza mutua y una comunicación constante, a través de la búsqueda del bienestar del otro, en el deseo de dar y compartir, mostrando siempre cariño, comprensión y preocupación por el otro miembro.

– Pasión: es un estado de intenso de deseo, de excitación y de atracción física, aunque va más allá de lo meramente sexual. También hay pasión cuando idealizas a tu pareja, cuando no puedes dejar de pensar en ella, cuando todo te recuerda aquello que habéis vivido juntos y enloqueces por estar a su lado.

– Compromiso: es la decisión de mantener la relación en el tiempo. Se trata de querer construir un futuro juntos, de estar dispuestos a continuar el amor en los buenos y malos momentos.

Basándonos en la combinación de estos tres pilares, Sternberg propone distintos tipos de amor según tengamos presentes en la relación unos elementos u otros:

1. Cariño: es el tipo de amor que se da cuando se experimenta exclusivamente la intimidad. Hay un vínculo basado en la confianza, el  respeto y el afecto, pero no existe la pasión ni el compromiso, esto es, no sientes deseo por tu pareja ni planteas una relación a largo plazo. Se trata del cariño que caracteriza una amistad verdadera.

2. Encaprichamiento: tiene lugar cuando sólo experimentamos pasión, cuando únicamente existe la atracción física. Este tipo de amor carece de la intimidad y del compromiso por lo que suele ser corto en el tiempo. Ocurre, por ejemplo, cuando pasas una noche con un chico que acabas de conocer en la discoteca.

3. Amor vacío: no existe la pasión ni la intimidad. No hay atracción, ni confianza ni reciprocidad. Este tipo de relaciones se mantiene por intereses externos como por ejemplo, compartir una casa, por el bienestar de los hijos, por no querer romper con las relaciones sociales que ambos tienen en común o porque no tienen medios para hacer vidas independientes, siendo el compromiso su único sustento.

4. Amor romántico: se basa en la unión emocional (intimidad) y en la atracción (pasión), careciendo en esta ocasión de un compromiso. Un ejemplo típico de este tipo de relación son los “amores de verano”. La pareja comparte todo durante sus vacaciones pero saben que al final del verano van a tener que separase para volver a sus respectivos lugares de origen.

5. Amor sociable o de compañía: la combinación de la intimidad y el compromiso dan lugar a este tipo de amor que se caracteriza por mantener el afecto y la confianza a la vez que se sigue apostando por mantenerse juntos en el tiempo. Este tipo de amor suele darse en relaciones de larga duración, donde la pasión y el deseo inicial han ido disminuyendo.

6. Amor fatuo o loco: aparece en relaciones que llevan poco tiempo y en las que todavía sus miembros no han generado una confianza plena, careciendo así de intimidad. Existe la atracción (pasión) y la idea de querer seguir conociéndose y manteniendo la relación con esa persona (compromiso).

7. Amor completo o consumado: Es la forma completa e ideal de amor. En este tipo de relación se dan los tres componentes. Aparentemente son pocos los que pueden alcanzarlo, sin embargo, aunque algunos lleguen a tocarlo es todavía más complicado mantenerlo en el tiempo, ya que la pasión tiende a disminuir en todas las relaciones, resultando difícil conservarla en su estado puro.

De este modo, el triángulo del amor quedaría así:

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Cuando la relación se mantiene con un único elemento la probabilidad de que dicho amor se mantenga en el tiempo disminuye considerablemente.

Hay que tener en cuenta, además, que una misma relación puede evolucionar y pasar por las distintas combinaciones. Asimismo, cada miembro de la pareja puede tener su propia visión de la historia y es posible que cada uno experimente una forma diferente de amor, aunque como ya decía Gabriel García Márquez, “sólo porque alguien no te ame como tu quieres, no significa que no te ame con todo su ser”.

8 excusas que te impiden alcanzar el éxito

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Seguro que diariamente utilizas un sinfín de excusas (quizá incluso de forma inconsciente) para justificar mil y un comportamientos: “hoy no tengo tiempo”, “a ver si otro día puedo hacerlo”, “ahora estoy muy ocupado”…

Todos tenemos algún objetivo, alguna ilusión o sueño, algún proyecto al que no nos acercamos por diversos motivos: miedo, desconocimiento, resistencia a abandonar nuestra zona de confort, incertidumbre… Y para no aceptar ninguna de estas razones, para evitar reconocer que somos temerosos o quizá un poco cómodos recurrimos siempre a cualquier excusa.

Pero, ¿sabías que las excusas son una gran barrera que te impiden lograr tus metas y alcanzar aquello que deseas?

Solemos utilizarlas para evadir nuestra propia responsabilidad. No queremos sentirnos culpables por no luchar por un sueño o por abandonarlo antes de tan siquiera intentarlo. Preferimos resignarnos a quedarnos con aquello que ya tenemos aunque no nos haga totalmente felices.

Las excusas obstaculizan el crecimiento personal y el desarrollo de oportunidades y nos alejan de posibles cambios positivos en la vida.

Existen cientos de excusas pero aquí vamos a hablar de las 8 principales:

  1. No tengo tiempo: “No hago deporte porque no tengo tiempo”, “no puedo empezar este nuevo proyecto, no tengo tiempo”… Bien es cierto que somos esclavos de nuestro propio trabajo, que estamos sujetos a demasiadas responsabilidades, pero, si analizamos bien alguno de nuestros días, seguro que descubrimos que dedicamos algo de espacio a cosas innecesarias. Tienes que planificarte diariamente, estableciendo prioridades y dejando siempre algo de tiempo para hacer aquello que te satisfaga. Le ganarás horas al día si reemplazas aquellas actividades que malgastan tu tiempo por tareas que te acerquen a tu objetivo, porque si se quiere, se puede.
  1. No tengo dinero“No puedo hacer ese viaje, quizá después necesite el dinero”, “jamás podré abrir un nuevo negocio, no tengo dinero”… Está claro que a muy poca gente le sobra el dinero. Sin embargo, muchas veces, renunciamos a algunas cosas que nos harían felices por no gastar algunos de nuestros ahorros pensando siempre en el “por si acaso pasa algo y lo necesito”. Es importante tener un colchón económico para hacer frente a cualquier imprevisto, pero sin tener que renunciar totalmente a todas nuestras ilusiones. Si tienes ahorros suficientes para hacer realidad tu proyecto, no pongas excusas.
  1. Estamos en crisis“No salgo de casa, no puedo gastar mucho, estamos en crisis”, “no  voy a presentar mi proyecto, estamos en crisis, nadie lo va a respaldar económicamente”… Es la más reciente de las excusas y a día de hoy se ha ganado un puesto en el ranking siendo una de las más utilizadas. La crisis nos ha generado un cierto temor que limita muchas actuaciones: salimos menos, intentamos gastar menos, queremos ahorrar más… Conocemos todos los puntos negativos de esta situación. Sin embargo, quizá estamos dando la espalda a nuevas oportunidades, ¿por qué no aprovechas ahora que no tienes trabajo para iniciar tu propio negocio y dedicarte a aquello que realmente te gusta?, quizá este sea el momento.
  1. No soy bueno, no tengo talento, no soy capazPara conseguir un objetivo tienes que tener total confianza en ti mismo, tienes que creer que puedes hacerlo. Siempre surgirán obstáculos, días en los que lo más fácil sería tirar la toalla, pero todo es superable. Nadie nace enseñado y todos somos igualmente válidos. Lo importante es que te establezcas objetivos realistas teniendo en cuenta tus propias capacidades y limitaciones. Es difícil que puedas subir a la luna sino eres astronauta. Tu proyecto, ante todo, tiene que ser posible.
  1. Ahora no es el momento, mejor lo dejo para mañana: A no ser que estés pasando por una situación particularmente estresante cualquier momento es bueno para empezar a hacer realidad tu sueño. Marca tu objetivo y comienza a actuar para alcanzarlo. Recuerda que no debes “dejar para mañana lo que puedas hacer hoy”.
  1. Soy muy mayor para hacerlo: Nunca es demasiado tarde para cambiar de rumbo. Si has dedicado tu vida a algo que no te ha ayudado a realizarte como persona ni te ha hecho feliz, siempre puedes cambiar, pelea por lo que quieres.
  1. Tengo mala suerte: La suerte puede estar o no de nuestro lado. Sin embargo, si trabajas duro y haces las cosas bien no tienes porque preocuparte, con el esfuerzo se alcanza el éxito. Echarle la culpa a la suerte, que no depende de ti, es una manera sencilla y fácil de quitarte responsabilidad.
  1. Soy un cobarde, no soportaría el fracaso: Si vas a comenzar un nuevo proyecto, es normal tener miedo, sentir inseguridad. Esto no significa que seas un cobarde, es una reacción corriente ante algo desconocido, a lo que se une la incertidumbre de saber si estas tomando las decisiones correctas. Si el proyecto llegara a fracasar no tienes porque hundirte, solo debes aprender de los errores y buscar soluciones alternativas.

 Y tú, ¿qué excusa utilizas?

La alegoría del carruaje

Un día de Octubre, una voz familiar en el teléfono me dice:

– Sal a la calle que hay un regalo para ti.

Entusiasmado, salgo a la ventana y me encuentro con un regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo frente a la puerta de mi casa. Es de madera nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy “chic”. Abro la puerta de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular forrado en pana bordada y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta que todo está diseñado exclusivamente para mi, está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo… todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.

Entonces miro por la ventana y veo el “paisaje”: por un lado el frente de mi casa, por el otro el frente de la casa de mi vecino… y digo: “Que fantástico este regalo, que bien…” y me quedo un rato disfrutando de esa sensación. Al rato comienzo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo. Me pregunto: “¿Cuánto tiempo puede uno ver las mismas cosas?”. Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada.

De eso ando quejándome en voz alta cuando pasa mi vecino que me dice, como adivinándome:
– ¿No te das cuenta que a ese carruaje le falta algo?
Yo pongo cara pensando qué le falta mientras miro las alfombras y los tapizados.
– Le faltan los caballos – me dice antes de que llegue a preguntarle.
Por eso siempre veo lo mismo – pienso -, por eso me parece aburrido…
– Cierto – digo yo –

Entonces voy al corralón de la estación y le ato dos caballos al carruaje. Me subo otra vez y desde dentro grito: – ¡¡Eaaaaa!! 

El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende. Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir una vibración en el carruaje y a ver el comienzo de una grieta en uno de los laterales. Son los caballos que me conducen por caminos terribles; cogen todos los baches, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos. Me doy cuenta que yo no tengo ningún control de nada; los caballos me arrastran donde ellos quieren. Al principio, ese derrotero era muy lindo, pero al final siento que es muy peligroso.Comienzo a asustarme y a darme cuenta que esto tampoco sirve.

En ese momento, veo a mi vecino que pasa por allí cerca, en su coche. Lo insulto y él me grita:
– ¡Te falta el cochero!
– ¡Ah! – digo yo.

Con gran dificultad y con su ayuda, freno los caballos y decido contratar a un cochero. A los pocos días asume las funciones. Es un hombre formal y circunspecto con cara de poco humor y mucho conocimiento.

Me parece que ahora si estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron. Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero donde quiero ir. El conduce, el controla la situación, el decide la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.

Yo… yo mientras tanto disfruto del viaje.

 Jorge Bucay- El camino de la autodependencia

Hoy inauguramos una nueva categoría: “Déjame que te cuente”.

Los relatos nos trasladan a nuevos lugares, nos hacen vivir aventuras, reír y llorar con sus personajes, pero también pueden hacernos entender y comprender el mundo. Y es que, como dice Jorge Bucay,  psicodramaturgo, terapeuta gestáltico y escritor argentino, autor de esta primera historia,  al igual que un cuento puede hacer que se duerma un niño, escuchando un cuento puede ser también que un adulto se despierte. Así, después de cada lectura vamos a indagar y a descifrar todo lo que podemos aprender de ellos.

Hemos nacido, (según el cuento salido de nuestra “casa”) y nos hemos encontrado con un regalo: nuestro cuerpo (el carruaje). Un carruaje diseñado especialmente para cada uno de nosotros. Un vehículo capaz de adaptarse a los cambios con el paso del tiempo, pero que será el mismo durante todo nuestro viaje.

A poco de nacer, nuestro cuerpo registró un deseo, una necesidad, un instintivo, y se movió. Y es que este carruaje (el cuerpo) no serviría para nada si no tuviera caballos: ellos son los deseos, las necesidades, las pulsiones y los afectos.

Así, con el carruaje y los caballos, nos va bien durante un tiempo, pero en algún momento empezamos a darnos cuenta que estos deseos nos llevan por caminos un poco arriesgados y a veces peligrosos, y entonces tenemos necesidad de frenarlos. Aquí es cuando aparece el cochero: nuestra cabeza, nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar racionalmente.

Hay que saber que cada uno de nosotros estamos formados por los tres personajes de la historia. Tu eres el carruaje, tu eres el caballo y eres además el cochero durante todo el camino, durante toda la vida.

La armonía deberás construirla con todas estas partes, sin dejar de ocuparte de ninguno de estos tres protagonistas. Dejar que tu cuerpo sea llevado solo por tus impulsos, tus afectos o tus pasiones puede ser y es sumamente peligroso, es decir, necesitas de tu cabeza para ejercer cierto orden en tu vida. El cochero sirve para evaluar la ruta. Pero quienes realmente tiran del carruaje son tus caballos. No permitas que el cochero los descuide. Tienen que ser alimentados y protegidos, porque… ¿qué harías sin caballos?, ¿qué sería de ti si solo fueras cuerpo y cerebro? Si no tuvieras ningún deseo, ningún sueño ¿cómo sería la vida?

Obviamente, tampoco debes descuidar el carruaje, porque tiene que durar todo el trayecto, toda una vida. Esto implicará reparar, cuidar y afinar lo que sea necesario para su mantenimiento. Si nadie lo cuida, el carruaje se rompe, y si se rompe se acabó el viaje.

Cuando eres consciente de esto, cuando sabes que eres tu cuerpo, que eres tus ganas, tus deseos y tus instintos; que eres además tus reflexiones, tu mente pensante, tus límites racionales y tus experiencias… Es en ese momento cuando estás en condiciones de empezar el camino…